En el origen de La Cabrera.eco hay más de 25 años de experiencia combinada en agencias internacionales, grandes corporaciones y proyectos de innovación social y territorial.
Esta es la historia de cómo dos trayectorias llegaron hasta aquí, y de cómo desde aquí empezaron a sumar más.
Esta es nuestra historia. La contamos con cierta distancia porque a veces, para ver bien lo vivido, hay que alejarse un poco.
Crecí aprendiendo a mirar.
A mirar el mar y la Costa Brava desde Quart, un pequeño pueblo a las afueras de Girona, rodeada de encinas, de campos y del olor de la tierra húmeda. Crecí aprendiendo a integrar: mi madre vasca, de San Sebastián, mi padre manchego, de Ciudad Rodrigo, los dos estudiando medicina en Salamanca, los dos construyendo una vida lejos de su origen. Crecí aprendiendo que hay muchas formas de pertenecer, que la diversidad de raíces no desorienta, te amplía.
De ahí viene todo lo demás.
Crecí aprendiendo a escuchar. Primero en las aulas de publicidad, luego en las salas de reuniones de agencias como McCann Erickson, SCPF* u Ogilvy en Madrid. Directora de arte de formación, años de duplas creativas, de aprender a observar, a leer entre líneas, a entender lo que el cliente necesita antes de que lo diga con palabras. Incluso pasé por Harper’s Bazaar, donde el detalle visual lo era todo. Eran años de oficio aprendido desde dentro, de ir afinando esa capacidad de mirar la realidad y traducirla en algo que comunica.
Los lugares que más te forman son a veces los que menos esperabas.
Un salto a Australia me llevó a estudiar diseño gráfico y a trabajar en McCann Erickson Sydney, y también a construir una de esas redes de personas que no tienen lógica geográfica pero sí una coherencia propia: polacos, catalanes, irlandeses, chilenos. Al volver a Madrid, mi dupla creativa en la última agencia era precisamente chileno. No era una señal. Pero en retrospectiva lo parece.
En 2013, con una crisis económica de fondo y un impulso interno que pedía renovación, decidí empezar de cero en un país nuevo. Chile tenía sentido. Llegué a la Agencia Raya, una agencia de publicidad digital donde Nacho llevaba ya unos años. Lo que empezó como compañeros de trabajo fue tomando otra forma. Acabamos siendo pareja y compartiendo vida.
Nacho venía de otro camino, pero con una dirección parecida. Desarrollador frontend chileno, construyó su trayectoria desde la precisión técnica y la curiosidad constante. Aprendió que el código, como el diseño, es una forma de resolver problemas para personas reales. Y que la mejor tecnología es la que se vuelve invisible porque simplemente funciona.
En 2015 di el salto a BBDO. Y fue allí, en esa última etapa chilena, donde cristalizó una pregunta que desde entonces no me ha abandonado: todo lo aprendido en años de agencia, toda esa capacidad de observar, escuchar y construir narrativas, ¿cómo poner todo lo aprendido al servicio de proyectos con valores realmente afines? Ponerse al servicio. Ese fue el gran descubrimiento.
En 2017 volvimos juntos a España. Elegimos Girona como primer destino. Cuando no sabes bien hacia dónde vas, a veces la mejor brújula es volver al origen y reconocer el camino recorrido. Girona fue ese tiempo de aterrizaje, de reconexión con lo propio, de dejar que los años vividos fueran dando forma al siguiente paso.
Nacho cogía el AVE cada madrugada para trabajar en Barcelona, como desarrollador tecnológico en EY. Proyectos de gran escala, entornos exigentes, tecnología aplicada a sectores muy distintos. Años de aprender a construir con solidez, a trabajar en equipo, a entender que detrás de cada sistema digital hay una organización con sus propias necesidades y su propia cultura.
Yo construía mi camino freelance, y en ese tiempo llegaron los primeros clientes que empezaban a responder aquella pregunta. Tienda Singular, una marca de muebles sostenibles hechos a mano en Chile. Vegan Expedition, un proyecto de textiles recuperados de Guatemala con vocación de upcycling y valores compartidos. Y también llegó Beforget, una colaboración que se convertiría en ocho años de aprendizaje continuo y que me abriría una puerta que entonces apenas entrevía: la innovación social, el liderazgo de equipos desde una mirada humanista, la eficiencia como consecuencia de poner a las personas en el centro.
Luego Madrid. Nacho se incorporó Minsait, Indra Madrid, donde durante más de dos años trabajó en proyectos de alta complejidad técnica: integración de biometría facial, desarrollo con tecnologías de machine learning, sistemas de seguridad de usuarios. Proyectos donde la frontera entre lo técnico y lo humano se vuelve especialmente fina, y donde la precisión lo es todo.
La pandemia hizo lo que a veces hace el tiempo detenido: clarificar.
En ese paréntesis empezamos a buscar un entorno distinto, un lugar donde trabajar y vivir tuviera otra textura.
Así fue como una catalana y un chileno acabaron abriendo la puerta de una casa en La Cabrera, una pedanía de menos de diez habitantes en mitad de Castilla-La Mancha, en el corazón del Barranco del Río Dulce.
Nacho encontró en el trabajo en remoto la posibilidad de seguir construyendo proyectos de envergadura desde cualquier lugar, y así siguió haciéndolo: desde La Cabrera desarrollaría plataformas digitales para clientes como CitizensLegal, y más adelante se incorporaría al equipo de RTVE, a través de Evoluciona y después Hiberus, donde hoy forma parte del área de infografías de datos y narrativas digitales, con proyectos reconocidos internacionalmente como por ejemplo la guerra de Israel en Gaza ’11M: Regreso al peor día de nuestras vidas’ o sobre la reciente expedición Artemis. Proyectos donde el rigor técnico y periodístico y la capacidad de contar historias se encuentran.
En el camino, ese ecosistema que fui construyendo con beforget y desde el trabajo freelance me fue llevando a proyectos cada vez más complejos. Con Vodafone, diseñando programas para la empleabilidad y el desarrollo de competencias como agentes de cambio, tanto dentro de la compañía como en colegios y universidades, y acompañando a las pymes a través de la Fundación Vodafone. Con Fundación FASE, facilitando hackathons internacionales con más de mil participantes de distintos países. Con IFFD, acompañando durante tres años a equipos directivos en un proceso de transformación de cultura organizativa. Con Fundación MAPFRE Canarias, creando un laboratorio ciudadano intergeneracional para generar soluciones ante la soledad no deseada. Con FESBAL, acompañando a los bancos de alimentos durante dos años en su transformación cultural y digitalización. Proyectos distintos, territorios distintos, organizaciones distintas. Y en todos ellos la misma pregunta de fondo: cómo construir desde dentro, cómo acompañar sin imponer, cómo generar cambio real.
Y en paralelo a nuestra búsqueda de estabilidad profesional fueron surgiendo el poder sumar a proyectos de desarrollo territorial donde nuestros dos caminos empezaban a colaborar de forma cada vez más natural. Ponferrada Innova, Aulas del Territorio, la web del restaurante del pueblo, la asociación de empresarios de Sigüenza. Yo aportando la mirada estratégica y comunicativa, Nacho el desarrollo técnico y los sistemas digitales. Dos perfiles distintos, una misma dirección.
Y fue entonces, con el territorio ya bajo los pies y años de experiencia acumulada entre los dos, cuando llegó el momento de darle forma a todo aquello. Presura 2022, la feria nacional contra la despoblación, fue la primera oportunidad de contarlo en voz alta.
Pero eso es ya otra historia.
Y hay más historias por contar. Porque un proyecto vivo no lo sostienen dos personas solas. Pronto os presentaremos a quienes se han sumado a empujar esto desde la cooperativa Mycelium Coop. Otra trayectoria, otra mirada, el mismo compromiso.










