La Cabrera, Sigüenza

Una pedanía en el corazón del Barranco del Río Dulce, donde el territorio enseña lo que los libros no siempre cuentan.

La Cabrera se asienta en el fondo de un barranco. Literalmente. La hoz del río Dulce la abraza y la protege, y ese enclave condiciona todo: la luz, el sonido, el ritmo, la forma en que el tiempo transcurre aquí. Cruce histórico del Camino de Santiago, la Ruta de la Lana y el Camino del Cid, con una iglesia románica y un puente de origen romano que el río sigue lamiendo como siempre. A 6 kilómetros de Sigüenza y a poco más de 120 de Madrid. Cerca de todo lo que se necesita, y al mismo tiempo en otro mundo.

El pasado

Los mayores que vivieron aquí recuerdan un ecosistema completamente vivo y autosuficiente. Recuerdan el ganado paseando por las calles, los vecinos trillando en la era, el molino usando el agua del río para partir el grano, el reparto equitativo del pastoreo, un responsable por familia sacando el ganado cada día. Recuerdan los refugios donde las cabras se resguardaban, la riada, el puerto romano, la casa del maestro, la escuela, el horno del pueblo, hoy convertido en peña de la asociación de vecinos. Recuerdan un uso sabio de la madera de chopo, un sonido distinto, una forma de habitar que conocía bien sus límites y sus abundancias.

Durante la guerra civil, cuentan, aquí nunca faltó el alimento. Incluso venían de fuera a extraer recursos, y los vecinos aprendieron a guardar y proteger su acopio para asegurar su propia subsistencia. La comunidad como sistema de cuidado.

El presente

Hoy La Cabrera tiene menos de diez habitantes fijos. En los meses más fríos del invierno, apenas cinco personas mantienen el pulso diario del lugar. Y sin embargo, hay una vida que respira de otra manera. Vecinos recurrentes de lugares cercanos llegan casi todos los fines de semana, formando una pequeña familia de quince o veinte personas que conocen cada rincón, cada vecino, cada estación. En agosto, durante las fiestas, esa misma plaza donde antes se trillaba puede reunir a doscientas personas alrededor de una paella popular.

Seis meses al año, el silencio humano cede el espacio auditivo a los pájaros, los corzos y los zorros. Al atardecer, los buitres leonados inundan los cielos de las laderas, los mismos cielos que Félix Rodríguez de la Fuente eligió como escenario para sus documentales, y donde hoy se puede visitar el mirador en su homenaje y las casetas donde guardaba sus equipos. Los fines de semana de primavera y otoño, caminantes, senderistas y ciclistas recorren las orillas del Dulce, atraídos también por el olor de las carnes del Balcón del Dulce, el restaurante que abre cuando el lugar lo pide.

Desde aquí

Este ritmo estacional no es un problema a resolver. Es la naturaleza del lugar hablando. Y aprender a habitarlo, con todo lo que implica de pausa, escucha y presencia, es parte de lo que La Cabrera nos ha enseñado desde que llegamos a vivir aquí. Un territorio que guarda memoria viva, que sabe de autosuficiencia y de comunidad, y desde el que hoy exploramos nuevas formas de habitar, colaborar y generar impacto.